Revolution in South Asia

An Internationalist Info Project

En Español: Una representación de Maoístas — Traer la Tormenta

Posted by redpines on September 28, 2011

English Title: “A Maoist Performance– Bring the Storm”
                                                                                                                                              
Thanks to J.G. and Odio de Clase for sharing this translation of Liam Wright’s piece on a performance in Nepal that is calling for new revolutionary preparations.

Liam Wright’s original piece first appeared, in English, on Winter Has Its End.

ARTE POPULAR AL SERVICIO DE LA REVOLUCIÓN EN NEPAL: “TRAER LA TORMENTA DE LA REVOLUCIÓN”

Por Liam Wright

1 de septiembre de 2011

Cantó:                                                                                                                                            

“No nos podemos rendir.                                                                                                            foto: Thomas van Beersum
No podemos convertirnos en traidores;
no podemos matar nuestros propios sueños.
No podemos entregar nuestras armas al enemigo.
No podemos traicionar a la revolución.”

Levanté los ojos mientras me enjugaba una gota de sudor del rostro. El lugar estaba lleno hasta los topes. Alrededor de mil personas abarrotaban un teatro con capacidad para novecientas. El pasillo central estaba repleto de gente encaramada en asientos improvisados hasta la última fila. Algunas personas se quedaron fuera, asomándose por la puerta de entrada. En la parte de arriba, el entresuelo estaba lleno a rebosar. Y… hacía calor.

Defiant. photo: Eric Ribellarsi

Habíamos viajado toda la noche desde las montañas, once horas de autobús para llegar a Butwal, una pequeña ciudad en la abrasadora región del Bajo Terai, en Nepal. Esta ciudad es un lugar histórico. Es el lugar donde los famosos guerreros nepalíes conocidos como “gurkas” derrotaron a la British East India Company [Compañía Británica de las Indias Orientales] en 1816, conservando así la independencia de Nepal.

Se diría que sólo éste –un lugar donde Nepal había luchado con tanta firmeza por su soberanía hace mucho tiempo- era el sitio idóneo en que podríamos ver ahora un espectáculo organizado por una sección de los maoístas que quieren luchar por continuar su revolución. El espectáculo Samana o Resistencia, nos dijeron, era, tanto “un llamamiento al pueblo como una advertencia a nuestros líderes.”

Durante el viaje la emoción me embargaba. Había estado reflexionando algo sobre ello: ¿Cuál sería el siguiente paso de los revolucionarios nepalíes? ¿Cómo resolverían el debate sobre si disolver el Ejército de Liberación Popular o no? ¿Decidirían escindirse? ¿Asaltar el poder? ¿O triunfarían los dirigentes del partido maoísta que desean consolidar una democracia capitalista?

El espectáculo prometía darnos una pista de cómo iban a decir a la gente los maoístas revolucionarios: “Vamos a movernos. Estad preparados”. Nos dijeron que el espectáculo recorrería cuarenta y cinco localidades en total, con dos pases en cada una. Si en cada una de ellas la afluencia es tan rebosante como aquí, iban a llegar a mucha gente.

Canción, danza y teatro: mensajes al pueblo

No sabía exactamente qué esperar y lo que vimos fue un poco de todo: hubo baile, comedia en vivo, música, canción y el espectáculo central de la actuación: una obra de teatro titulada “Los Sueños y ellos”.

Me sorprendió que los intérpretes fueran capaces de moverse ¡con tal energía! Por sus rostros corría el sudor tanto como por el mío. Y sin embargo, las sonrisas brotaban en los rostros de hombres y mujeres que bailaban juntos, luciendo la vestimenta tradicional de las minorías nacionales de Terai. Sus movimientos eran fluidos, dinámicos. A veces se veía un puño que daba al baile una sensación de poder y determinación.

El corro de bailarines actuaba con el telón de fondo de una bandera roja gigante, decorada con las siluetas de dos jóvenes. Uno sostenía, triunfal, una bandera desplegada con una hoz y un martillo; el otro sostenía en alto un AK-47. Los mensajes en nepalí ocupaban a lo ancho toda la bandera. Y en la parte superior derecha, las imágenes, bien conocidas en Nepal, de los históricos dirigentes comunistas Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao.

Fueron muchos los bailes, cada uno con un tema diferente. Con cada baile llegaban nuevos ritmos, renovadas energías y nuevos números sorprendentes. Con cada cambio de baile aparecían nuevos trajes y un nuevo mensaje. En cierta ocasión, salieron hombres vestidos de rosa y blanco, moviéndose con pañuelos verdes, mientras las mujeres daban vueltas con faldas y tocados rojos. El tema de este baile era: “¿Lucharás por la liberación del pueblo o no?”

Los ovacionamos cuando los bailarines volvieron al escenario vestidos con el uniforme de la Liga de los Jóvenes Comunistas: camisetas blancas y cintas rojas, desfilando marcialmente con el puño en alto. Me dijeron que se trataba de un número llamado “La Canción de la Juventud”. El baile alcanzó su clímax cuando seis jóvenes mujeres entraron en el escenario ondeando banderas rojas. Las mujeres, pasando las banderas a sus seis compañeros masculinos, ocuparon el centro del escenario dando por concluido el baile.

En otro número regresaron los bailarines vestidos con el traje de camuflaje verde oscuro del ejército revolucionario y bailaron blandiendo sus armas.

A lo largo del espectáculo, las mujeres aparecían representadas igual de fuertes que los hombres, lo que, evidentemente, reflejaba una decisión consciente y una cuidadosa puesta en escena.

Ahora el turno de la comedia.

Un joven delgado se acercó al micrófono. Parecía muy elegante, vestido con una chaqueta deportiva azul de buen corte. Con gruesas gafas negras y tocado con un sombrero del mismo color, cruzó las manos sobre la barriga en lo que, según me enteré, es un gesto característico de Prachanda, el presidente del Partido Comunista Unificado de Nepal (Maoísta) [PCUN (M)].

La audiencia reía a carcajadas mientras el joven parloteaba pretenciosamente en nepalí. Mi intérprete se inclinó sobre mí: “Suena exactamente igual que Prachanda”. La sátira no concluyó, sin embargo, con Prachanda. Casi ningún dirigente se libró. Los dos vicepresidentes del PCUN (M), Bhattarai y Mohan Baidya, también hicieron su “aparición”. Como también aparecieron varios dirigentes del Partido del Congreso, la derecha electoral de la política nepalí.

Me quedé atónito. Tuve mis dudas al principio, pero estos maoístas habían encontrado el modo de que sus mensajes fueran populares, divertidos y reales para el pueblo. Y al público le encantaron.

De todo el programa, quizá el presentador, Maila Lama, fuera mi personaje favorito. Fue herido durante la guerra popular, pero ahora, sobre las tablas, aparecía firme, con presencia. Bailaba torpemente hasta la última nota de la música de cualquier conjunto que estuviera en escena. Entonces, aparentemente surgidas de ninguna parte, una avalancha de palabras brotaban encadenadas en ágil perorata que me recordaba a cómo, supongo, debe sonar un subastador nepalí. Sus palabras sonaban limpias, potentes y divertidas.

Pero cuando presentó la obra, de repente, su voz se hizo áspera.

“¡Los maoístas se están volviendo como los otros partidos! ¡El partido maoísta está corrompido! ¡Un partido burgués no puede ser maoísta!” dijo con fuerza, captando la atención apasionada del público. Le aplaudieron brevemente mientras seguía, ahora denunciando la corrupción que ha corroído el movimiento de los maoístas. “¡Tenemos que construir un Nepal libre de corrupción!”.

Su discurso incendiario duró unos diez minutos. El público estaba absorto. Al acabar, dio paso a un grupo de actores y puso a su disposición el escenario para comenzar la representación de “Los Sueños y ellos”.

Auténtica educación política en acción.

“Los Sueños y ellos”: contando las historias del pueblo

En una escena de “Los sueños y ellos”, un joven, miembro del partido maoísta, regresa a su pueblo después de largo tiempo, hablando por un móvil.

Volvía a recuperar la casa que había cedido al servicio de la revolución. Ahora es diferente. Vestido con gafas de sol caras, repeinado, se enfrenta a un anciano que vive ahora en la casa. El anciano le dice: “Hubo un tiempo en que celebrábamos consejos y compartíamos todo, todo en común. Pero ahora todo eso se ha acabado”. El joven le ignora, sin soltar en ningún momento el móvil. El anciano, al parecer, no es digno de un minuto de su tiempo.

El joven abandona la escena. El anciano se sienta con una niña en las escaleras de la casa. “¿Dónde se fueron los dirigentes maoístas?” –le pregunta-, “¿qué sucedió con la manera en que las gentes se trataban entre sí?”

Juntos el viejo y la niña recuerdan la historia de la pequeña. Su padre desapareció durante la guerra popular; ahora ella no puede permitirse el lujo de comida o ropas. Su madre también fue asesinada. El anciano se ocupa de cuidarla ahora puesto que ello no tiene a nadie que lo haga y el partido no ayudará.

El viejo nepalí recuerda cuando la policía llegó para llevarse a su madre. En una escena retrospectiva, vemos cómo a su madre la sacan a rastras de la casa y la asesinan a tiros. El anciano no pudo hacer nada para detenerlos. La escena retrospectiva termina y la niña empieza a llorar.

Lo que esto significa para Nepal

En los Estados Unidos estamos sometidos a una sobrecarga de información y de medios de comunicación. Cientos de películas se estrenan cada año. Hay cientos de canales de televisión en los que se pueden ver incontables anuncios vendiéndonos ideología y productos de todo tipo.

Pero ser pobre en Nepal es ser el más pobre entre los pobres.

La mayoría del pueblo nepalí carece de electricidad. Para ellos, no hay mil noticias diarias entre las que elegir en internet. No ven nunca lo que nosotros, en Estados Unidos, vemos como algo evidente. Sencillamente nada de esto existe para ellos.

Para muchos de los nepalíes que verán este espectáculo en otros puntos del país, los programas culturales de los maoístas representan la excepcional promesa de un entretenimiento cuidadosamente ensayado y lleno de números de habilidad, así como un medio de formación política y de dirección.

Y de todo ello hemos tenido la experiencia en Nepal: quienes necesitan la revolución, quienes necesitan una nueva sociedad, porque es una necesidad inminente, quienes no tenían nada y llevan viviendo siglos de dominación feudal y ansían respuestas.

Al trabajar con los maoístas han saboreado por una vez lo que significa ser libre. En algunas aldeas de las zonas rurales crearon comunas populares donde poseían todo en común. Formaron sus propios tribunales y gobierno. En esas comunas, crearon las mujeres organizaciones para superar su subordinación a los hombres. En todo el país se estaba redistribuyendo la tierra: “¡La tierra para el campesino!”.

Los campesinos y los maoístas pusieron en pie, juntos, un ejército para luchar por una nueva sociedad, parte, ella misma, de un mundo completamente nuevo que está por construir. Este ejército combatió durante diez años una guerra de guerrillas, que ellos llaman guerra popular, contra los viejos poderes feudal y extranjero que dominaban Nepal. Gracias a la guerra popular y al ejército del pueblo, fue posible el derrocamiento de una monarquía varias veces centenaria. Los maoístas, en medio de un levantamiento general junto con otros partidos, consiguieron que se materializara su exigencia de una asamblea constituyente, organismo concebido para disolver el antiguo gobierno y redactar una nueva constitución de Nepal. Cuando ello ocurrió, comenzaron el alto el fuego.

Este ejército, el Ejército de Liberación Popular (ELP), es la razón que hizo posible esas victorias y es el instrumento que ha garantizado esos cambios en el ámbito rural –cambios que afectaron a la vida de tantos- desde que los maoístas acordaron el alto el fuego.

Sin el Ejército de Liberación Popular será imposible alcanzar los objetivos maoístas de democracia popular, reforma agraria y liberación de Nepal de la dominación extranjera.

¿Tendrán su ejército?

Ahora, hay algunos dirigentes de los maoístas que están maniobrando para arrojarlo todo por la borda. Pretenden disolver su Ejército de Liberación Popular y consolidar una democracia capitalista donde estas victorias, tan frágiles, desaparecerían. Se habría destronado a la monarquía, pero todos estos cambios se perderían, subsumidos en una sociedad dominada por el poder y la riqueza extranjeros.

Una de las escenas que encontré más conmovedoras durante la actuación fue cuando una mujer vestida con el uniforme del Ejército de Liberación Popular comenzó a hablar claro a los camaradas que la rodeaban en el escenario: “Nuestros dirigentes han acordado entregar nuestras armas. No escucharemos a nuestros dirigentes si quieren que entreguemos nuestras armas al enemigo.”

Tras ello, entonó una balada inolvidable mientras todos los combatientes del ELP en el escenario bailaban con ella, empuñando sus armas. Cantó: “No nos podemos rendir. No podemos convertirnos en traidores; no podemos matar nuestros propios sueños. No podemos entregar nuestras armas al enemigo. No podemos traicionar a la revolución.”

El público la aplaudió y la ovacionó.

Esto es lo que se temen millones de revolucionarios en Nepal. Pero aquí, reunidos en medio de un calor asfixiante, el pueblo se permitió tener esperanza.

Mediado el espectáculo, un anciano subió al escenario con otros cuatro intérpretes. Era Khusi Ram Pakhrin, uno de los presidentes de la Asociación Cultural del Pueblo de Nepal, afiliada a los maoístas. Cantaron juntos una hermosa canción.

Pero esto es lo que se me quedó grabado: al presentar la canción, advirtió en voz baja: “Estad preparados para el sacrificio. Tenemos que traer la tormenta de la revolución. Que nadie tenga miedo porque tenéis que cruzar el ancho mar.”

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